La casa museo del Salto del Tequendama: guardiana del río Bogotá

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Por Nicolas Nieto Bernate, especial para Conexión Más Noticias

El que fuera uno de los lugares de mayor prestigio en los alrededores de Bogotá, al cual llegaban personalidades de la alta sociedad de la época y se hospedaban turistas nacionales y extranjeros, es hoy es un baluarte de belleza arquitectónica perdido entre la bruma del ambiente y los recuerdos de un tiempo feliz.

En el salto del Tequendama, aproximadamente 30 kilómetros al sur de la capital colombiana, saliendo por el municipio de Soacha, el río Bogotá recibe una caída de 157 metros, siendo este un mecanismo natural de descontaminación, mezclando la potencia de su caída y el aire, el agua que viene contaminada por los más de 10 millones personas, da respiro e intenta ser nuevamente lo que fue, así como la antigua casa.

Al llegar al lugar, es inevitable sentir las huellas del pasado, en la entrada unas rejas de la época les dan la bienvenida a los visitantes, el ambiente es tranquilo, una sensación de respeto y calma abrigan los primeros instantes al entrar, con las columnas talladas y figuras de su época, llevan a la entrada del hotel, una puerta grande de madera se abre de par en par para acoger a sus invitados.

María Victoria Blanco, directora de la Fundación Granja El Provenir, que hoy cuida el histórico lugar, acoge a las personas que lo visitan, su ropa se hace poco común y llamativa para quien la ve, al lado de su esposo, como entrando en una máquina del tiempo que los remonta al año de 1923, cuando fue construido el prestigioso hotel.

Al ingresar, resulta un placer detallar cada parte de su estructura, las paredes y columnas talladas, la escalera con figuras en sus escaños y en la entrada del salón de baile, tan elegante como en aquel momento, una enorme lámpara hace destacar la belleza del pasado.

Los grabados en columnas y paredes, representan ángeles y dioses de la mitología griega, entre ellas el fauno, una criatura mitológica que se conoce como la guardiana de los bosques, así como esta casa intenta serlo del río que corre a sus pies.

El salón principal cuenta con un balcón directo a su mayor atractivo, la que para entonces era una enorme caída de agua, con un caudal que impactaba y que con el paso de los años fue reduciendo su potencia y vitalidad, como consecuencia de la intervención sobre el río Bogotá, por parte de una hidroeléctrica.

A su alrededor, osos perezosos, cientos de aves y otras especies que encontraban en este lugar su hábitat desaparecieron poco a poco, quedando limitados a unas cuantas hectáreas de bosque de niebla que aún circundan el lugar.

La casa cuenta con suites construidas al estilo de la época y entre ellas, una llama particularmente la atención, con un vacío en el centro que correspondía a un baño privado, donde las elegantes señoras de la época arreglaban su cabello y sus manos antes de salir al corredor, pues la elegancia era absoluta y el cuidado de la imagen era primordial.

Al bajar, por donde se encontraban las habitaciones de menor tamaño, se observa cómo el paso de 40 años, desde que fue abandonada, ha dejado su huella. Cuando la Fundación se hizo cargo del lugar, las escaleras para bajar a estas habitaciones estaban destruidas casi en su totalidad y la humedad se había apoderado de techos, columnas y paredes, dejando solo trozos y algunos recuerdos en pie.

Un poco más abajo, en el nivel inferior está otro mirador, más cercano al bosque y a la caída de agua, es el punto más hermoso del lugar y cientos de historias se guardan entre sus muros, tan enormes que parecerían murallas de un gigante guardián.

Esta icónica casa pasó de ser un hotel a un restaurante, pero el deterioro de la calidad de las aguas del río, producto de la contaminación, provocaron su abandono.
Hoy, gracias al empeño de María Victoria Blanco y al respaldo que ha recibido de algunos

cooperantes y patrocinadores nacionales e internacionales, la casa se ha convertido en museo que alberga cientos de recuerdos y que más que una vocación turística, busca promover un mensaje de positivismo y defensa del río Bogotá.

 

La casa museo del Salto de Tequendama es un testimonio de perseverancia, de optimismo y de una apuesta de vida que apunta a ofrecer un legado a las generaciones presentes y futuras, para que aprendan a valorar la historia desde su enfoque cultural, ambiental, arquitectónico y social, pues, tal como lo señala Victoria, “la indiferencia hace más daño que la contaminación”.