La esperanza que siempre fue robada

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“Mi padre fue amordazado y amenazado en varias ocasiones con un arma, por la gloría de Dios no fue asesinado” dice Lorena mientras cuenta su historia en el atril.
En la audiencia pública organizada hace pocos días por la senadora María Fernanda Cabal, en la Comisión Primera del Senado, diferentes campesinos de todo el país se reunieron para hablar acerca de lo que les pasó, según su testimonio, pues fueron despojados injustamente por la ley de restitución de tierras, como le ocurrió a la familia de Lorena Díaz.
Al ponerse frente al atril del salón, respira profundamente y empieza su intervención. Entre palabras quebradas cuenta aquella historia que no solo la hace sollozar a ella sino a quienes la escuchaban; otros campesinos que sufrieron también la violencia de grupos terroristas.
Con gran elocuencia remonta al público al pasado, justo en 1998 cuando transcurría la infancia de Lorena a sus ocho años de edad, recuerda que aquel día un fusil apuntaba hacia su padre, con la amenaza de ser disparado si su familia no dejaba las tierras. Ese y otros días del pasado en los que encontraban a su padre amordazado, se convirtieron en la pesadilla de Lorena, una niña que en su corta edad dejó a un lado sus juguetes para cambiarlos por cocadas y leña. Ella recuerda con los ojos llenos de lágrimas la imagen de su padre amordazado, mientras agradece a Dios porque continúa con vida.
En entrevista con Conexión Más Noticias, Lorena cuenta que después de este hecho, dejaron sus tierras, lo que para ella, que llegó a ese lugar desde su primer año de vida, significó despedirse de lo que entonces era su hogar. Junto a sus padres, siete hermanos y una tía con sus dos hijos, se dirigieron al Copey en el departamento del Cesar.
Al limpiar sus mejillas por las lágrimas que caen a mitad de la audiencia, Lorena recuerda que su padre llegaba todas las tardes con heridas en su espalda a causa de un tanque que tenía que cargar para conseguir dinero y llevar el sustento a su familia, luego de ser desplazados por miembros de grupos paramilitares.
A don Guillermo, padre de Lorena, por este trabajo le pagaban cinco mil pesos el día, regando veneno en una finca. Con esto y lo recogido por la venta de cocadas y de caña de azúcar vendida por Lorena y los otros miembros de la familia, se sostenían 13 personas.
Lorena, con una mirada fría, que expresa más que tristeza impotencia, cuenta que a pesar de los esfuerzos, la falta de recursos imposibilitaba a su familia comprar medicinas que curaran las yagas de su padre.
Un día, al parecer, la vida les había dado otra oportunidad, un rayo de esperanza tocó a su puerta, en medio de esta historia un premio de lotería “La Chinita Millonaria” les fue entregado, un poco menos de cinco millones de pesos que ofrecían un nuevo rumbo para esta familia.
Con el dinero en la mano y una meta qué conseguir, don Guillermo compró un pequeño terreno, una tierra sin cultivar y poco trabajada y transformaron la pesadilla de Lorena en un suspiro, pues como un espejismo también se desapareció.
Junto a su familia don Guillermo y el vendedor se dirigieron al Incora, allí pidieron permiso para la compra y venta legal del predio, pues a causa de los desalojos ilegales que sufrían los campesinos por las agrupaciones criminales, esta entidad les permitía vender legalmente.
Lorena con las manos entrelazadas y con un sentimiento de frustración recuerda ese momento. Para ella, aquella propiedad representó un nuevo comienzo y la posibilidad de estudiar y ver desde otro punto lo que pasaba en el país, pero sobretodo, convertirse en una doctora que tendría las medicinas que le faltaron cuando pequeña para curar a su padre.
En la vereda El Reposo, parcela número uno, en el corregimiento de Caracolito, en el Cesar, se empezaron a cosechar los frutos del esfuerzo de su familia, mediante cultivos y ganado, que al ver la situación de estas personas contó con la solidaridad de los vecinos.
Sin embargo, un nuevo encuentro con la guerrilla cambió el curso de esta historia. ¿Te vas a dejar matar? Esa frase retumbaba en la cabeza de Lorena y se convierte en el siguiente capítulo de la historia. Sin otra alternativa, Guillermo envió a su familia al pueblo nuevamente y se quedó en esa tierra prometida que representaba el plato sobre la mesa de sus seres queridos.
Una pausa en su relato, un suspiro profundo y la mano de Guillermo sobre su espalda, le daban fuerzas a Lorena para seguir contando esa vida que ni los guionistas de terror se han atrevido a imaginar. Pidiendo disculpas con un gesto en su rostro continuó el relato.
Cada vez que había un bombardeo o tronaban los disparos, la angustia recorría el cuerpo de Lorena y de su familia, la imagen de su padre aparecía en su mente, desde el pueblo corrían con rumbo al encuentro con él, sin la certeza de que aun estuviera vivo. Lorena recorría cada pasó con más ansiedad que el anterior, con la esperanza siempre puesta en Dios de verlo nuevamente sonreír.
Para llegar a ver a su padre, eran detenidos en ocasiones por el Ejército, ¿Para qué van para allá, acaso son paracos? les decían mientras los requisaban uno a uno; luego, un poco más adentro de la selva, los esperaba un reten de paramilitares, que los trataba de guerrilleros y después los paraban miembros de las Farc que los confundían con paramilitares.
En el transcurso de este camino, caídos en medio de un charco de sangre, se encontraban sus vecinos, personas que conocían y que les ayudaron en varias ocasiones, un adiós acompañado de angustia era lo único que podían hacer mientras suplicaban no ver a su padre junto a ellos.
Cuenta que jamás se sabía quién los había matado, solo la pista de un cartel pegado a sus cuerpos que los apodaba de “sapos” era para ellos la única explicación.
Recuerda que más que requisas se trataba de manoseo, buscando si llevaban armas o suministros para los otros grupos armados. Cuenta Lorena con la mirada hacia el horizonte que llevaban arroz o cualquier otra comida que pudieran obtener para alimentar a sus padres, esa mujer de 28 años llevaba siempre consigo los recuerdos de la infancia y adolescencia que vivió entre armas, las cuales jamás sostuvo pero que estuvieron a su sombra intentando arrebatarle lo que más quería.
Años después la violencia cesó un poco, su padre y familiares extrañamente lograron sobrevivir y ella junto a sus hermanos terminaron sus estudios de bachillerato. Lorena, jamás dejó atrás el sueño de ser médico y en ese tiempo de paz interrumpida logró terminar su carrera de medicina pagada por el Icetex.
Esa carrera representaba la esperanza de surgir y ayudar a su familia, aumentar los cultivos y el ganado que sostenían, no solamente a sus hermanos y padre, sino a los hijos que llegaron en el camino, al fin veían un camino por el cual la violencia no les quitaría lo que lograron conseguir.
Pero la calma traía detrás más tempestad, con un papel de citación la angustia le quitó el puesto a la tranquilidad, aquel volante informaba que el terreno de sus padres estaba en proceso de restitución de tierras lo que significaba que quedarían nuevamente desplazados.
Con lágrimas en sus ojos, contó con voz temblorosa que el sobrino de la que había sido la dueña de la casa, aconsejaba a la señora para reclamar las tierras que ellos le habían comprado, el proceso fue fallado en su contra y la familia que había sido desplazada y víctima de ataques por parte del Ejército, los paramilitares y las Farc, nuevamente decía adiós a otro hogar.
Lorena, actualmente mantiene a sus padres, hermanos y sobrinos con el sueldo del hospital, una ayuda que le brinda la Unidad de Víctimas quinientos mil pesos y el arriendo de un pequeño terreno, mientras que aquellos lugares que fueron durante un corto tiempo la esperanza de su familia están siendo ocupados por otras personas que día a día reiteran la calidad de víctima de Lorena.